Nov
30
2011
[Esta es la Parte II: Parte I]
Trillado pero cierto: el puesto de arquero es muy ingrato. Es la última oportunidad del equipo para evitar un gol en contra, lo cual se traduce que un error del arquero es prácticamente insalvable. Además, los niños de 6 o 7 años son en general muy crueles, y no les tiembla la pera para reputear al arquero si le hacen un gol, así no sea culpa de él. Yo pasé por esta época y no me gustó para nada: cada vez que nos hacían un gol, mis compañeros se encargaban de que quedase claro que había sido mi culpa.
Un fin de semana jugábamos un torneo en el Polideportivo de Villa Carlos Paz: era un torneo de dos días. El primer día atajé bastante bien, pero me harté que me echaran la culpa de los goles. Cuando volvíamos con Adrián para casa, le dije que no iba a volver al otro día porque mis compañeros me echaban la culpa por los goles. Adrián hizo lo imposible para convencerme de que volviera (me prometió comprarme latas de Coca, por ejemplo, cuando yo ni siquiera sabía qué eran las latas -recordar que era por el año 1990, cuando recién se hacían conocidas para nosotros-) pero no hubo marcha atrás: no volví a jugar para el equipo en ese torneo. Desconozco qué habrá sido del equipo: quién habrá atajado (yo era el único arquero) y cómo habrán salido. Tomé la decisión y nunca volví a mirar atrás.
Hoy me río de esta anécdota (y me sorprendo del esfuerzo de Adrián para que volviera a jugar), pero calculo que es un sentimiento compartido con otros arqueros: que te reputeen cuando te hacen un gol. Fue muy triste para mí, pero hoy siento que fui sincero con mis sentimientos.
En mi arquero interior influyó mucho, porque iba a decidir dejar de serlo.
Nov
23
2011
Empecé a jugar al fútbol como arquero en la escuelita de fútbol del Jardín – Primaria, Margarita A. de Paz, de Villa Carlos Paz, donde el profe Leo nos esperaba, dos veces por semana, al terminar el día (ya sea de jardín o de escuela) y nos quedábamos para aprender a jugar. El profe nos hacía divertir y nos enseñaba en el proceso. Una vez me gané un frisbee en un sorteo que hizo después de clases. Fui muy feliz en esa etapa de mi vida.
El primer partido que jugamos fue en el patio de adelante de la escuela, contra otra escuelita cuyo nombre hoy no recuerdo. Fue un sábado por la mañana: había muchos padres y familiares y nosotros estábamos muy nerviosos. A mí me acompañó Adrián (fuimos caminando porque mi escuela quedaba a unas 6 cuadras de mi casa cuando el río estaba alto, y a 150 metros cuando el río estaba bajo). Nuestra camiseta tenía rayas verticales verdes, marrones y blancas. No sé de dónde habían salido esos colores, porque no eran precisamente los que representaban al colegio. Yo tenía mi buzo de arquero y mis guantes.
Nos fue bien y ganamos 1 a 0, después de un gol de Mauro Saiz, que se pasó todo el partido adentro del área rival, esperando que le llegara la pelota: un auténtico “pesquero”. Éramos locales, así que el gol provocó el grito de todos los familiares. Recuerdo que no desentoné como arquero, pero que no salía de abajo de los palos. El equipo rival no llegó muchas veces, así que tuve una mañana tranquila. Ahí Adrián, cuando volvíamos caminando a casa, me dijo que debería salir a patear la pelota cuando pudiera.
De todas formas, mi primer partido “oficial” en el fútbol fue una victoria. Un pequeño mensaje del destino para el futuro: “quizá podés empezar ganando, pero no te creas que siempre será así”.