Salvo en casos muy contados, no me gusta ser anfitrión. Los casos contados son cuando recibo en mi casa a gente a la cual conozco lo suficientemente bien y con los cuales tengo la confianza suficiente como para poder relajarme. Con el resto no me sale, y me acapara el personaje del “anfitrión cuasi rompe pelotas”. Me preocupo demasiado, me tenso, busco un trapo cuando alguien vuelca un vaso, estoy demasiado pendiente del resto, saco cosas de la heladera, señalo dónde está el baño, transpiro, bajo a abrir, pregunto mucho si está todo bien, si alguien quiere más cerveza negra, señalo dónde está el maní, cierro la puerta del baño, me enojo si alguien lava los platos, ofrezco platos limpios para el postre, saco la basura, protesto, repongo la silla que se rompió y todo eso.
Y el problema está en que me meto en un ambiente al cual no pertenezco. Y no sé cómo hacer para evitarlo, salvo conociendo más a los invitados. Y eso entra en conflicto con que, algunas veces, no quiero conocer más a los invitados. Innegociables opuestos que se juntan.
Pasá, sentíte como en mi casa.
