Me resulta muy curioso que nos guste el sabor de cosas que son feas. Se me ocurren el café, el mate, la cerveza, el fernet. Admitámoslo, son feas; no saben bien, son demasiado amargas para nuestro gusto. Y que, al menos en mi caso, si no hubiera sido por el azúcar, la coca o los manises, me hubiera llevado mucho más tiempo acostumbrarme a esos sabores. Y sin embargo hoy no me siento a programar o a estudiar, a ver una peli o incluso caminar hasta la parada de colectivo sin el termo debajo del brazo. Y extraño el saborcito amargo del fernet cuando la culpa me gana la pulseada y me propongo bajar un poco de peso y optar en el próximo festejo entre amigos, por esa mentira llamada Zero (o light, o Ser o qué se yo).
Pero es cierta la ya trillada “el hombre es un animal de costumbres”. Pero qué lindo es acostumbrarse a algo que después nos gusta mucho! Y cómo uno (retro)valora las cosas cuando ya no las tiene! Me di cuenta de lo mucho que extrañaría al mate si dejara de existir, cuando me obligaron a suspenderlo por una semana después de extraerme las muelas de juicio.
Menos mal que acá tengo el termo con agua caliente y el mate cebado, que si no fuera por esta infusión tan desagradable, sería mucho menos productivo de lo (poco) que soy.
