Mar 23 2009
Una partecita del Domingo
Salió del baño felicitándose por su performance. Se lamentó de que aún no hayan inventado un explosivo o algo similar que no requiriera ningún tipo de trabajo para desodorizar el ambiente. Fue hasta la cocina arrastrando las pantuflas. Pateó un bollito de pan duro por debajo de la cocina para evitar tener el cargo de conciencia de la barrida posterior. Agarró la botella de cerveza abierta, le sacó la cucharita y le metió un buen sorbo. Eructó sin abrir la boca mientras se rascaba una nalga. Puso la pava para hacerse un mate cocido. Se asomó a la puerta y le robó la sección de deportes del diario a doña Rosa. Ese domingo no estaba su marido, con lo que no generaría conflictos. Se puso a repasar la formación de Lugano mientras se frotaba las manos como quien espera ansioso un acontecimiento. Se lamentaba de que su felicidad sólo durara una partecita del domingo. Se enojó al enterarse que el árbitro designado era Chazarreta. Siempre los perjudicaba el Chazarreta este. Encima era de Caballito, justo hoy que el rival era Ferro. Miró su reloj y fue a apagar la pava, que se desgarraba en señales de hervor. Mientras tomaba el mate cocido miraba fijamente una foto en la pared. Estaba él en su puesto de trabajo cerca de la cancha de Lugano. Añoraba repetir esa imagen. Se lamentaba de que su felicidad sólo durara una partecita del domingo. Se bañó, cambió y perfumó. Mientras apagaba el calefón, escuchaba en la radio la previa del partido. Había poca expectativa, en los accesos todavía no había mucho movimiento y los equipos no habían llegado al estadio. Terminó de preparar su bolsito de mano, cerró la puerta de entrada y llamó al ascensor. Mientras lo esperaba intentó sin éxito extraer algo de sus fosas nasales. En esta actividad lo sorprendió la morocha del octavo, cuando abrió la puerta del ascensor. Mucho no le importó: saludó amablemente y se mandó. Empezó a caminar para el trabajo. Eran unas pocas cuadras que las hizo a paso ligero porque andaba corto de tiempo. Al llegar, marcó tarjeta, saludó a los compañeros de la administración y pidió el visto bueno para empezar la jornada. Al recibirlo, se subió al 48 y lo sacó del garage. A los veinte minutos, y con el colectivo casi lleno, pasó por primera vez por la cancha de Lugano. Pispeó para el lado de las boleterías y la vio, detrás de la ventanilla 14, para socios de platea cubierta, como habitualmente. Estaba vestida como siempre, hermosa como nunca. Se encontró con la esquina, con lo que tuvo que doblar, desviando la mirada. Se lamentaba de que su felicidad sólo durara una partecita del domingo. Si se apurara, quizá tendría otra cuotita de felicidad en la próxima vuelta.
[ponencia para el "Primer Concurso Literario Willie Tanner"]
